Alianzas

CAMINANDO HACIA LA ALIANZA

Se entra en una comunidad para ser feliz.  Se permanece en ella para hacer felices a los demás.

Para aquellos que llegan a vivir en una comunidad, los prime­ros tiempos son a menudo idílicos, todo resulta perfecto. Parecen incapaces de ver los defectos, no ven más que las cualidades. Todo es maravilloso, todo es bello; existe la impresión de estar rodeado de santos, de héroes o de seres excepcionales que son todo lo que uno quisiera ser.

Luego viene la decepción, generalmente unida a un período de fatiga, a un sentimiento de soledad, a la nostalgia, a un fracaso inesperado, a una frustración en relación a la autoridad. Durante este tiempo de «depresión» todo se vuelve tinieblas, no se ve más que los defectos de los otros y de la comunidad; todo irrita. Se tiene la impresión de estar rodeado de hipócritas que no piensan más que en la ley, en el reglamento, en las estructuras o que, por el contrario, están totalmente desorganizados y son incompeten­tes.  La vida llega a ser insoportable.

Cuanto más se ha idealizado, en el primer tiempo, a la comu­nidad y puesto a los responsables sobre un pedestal, tanto más grande es el desencanto. Las alturas se han convertido en preci­picios. Pero si se llega a superar este segundo tiempo, se entra en el tercero, que es el del realismo y el del desarrollo verdadero, el tiempo de la alianza. Los miembros de la comunidad no son ni santos ni diablos, son personas, cada una de ellas portadora de una mezcla de bien y de mal, de luz y tinieblas, pero cada una de ellas con un impulso de crecimiento, cada una vive una esperan­za. En este momento nace la unión. La comunidad no se sitúa ni en las alturas ni en el fondo de los precipicios, está sobre la tierra y todos están dispuestos a marchar con ella y en ella. Se acepta a los otros y a la comunidad tal como son; y se afirma la confianza de que todos juntos pueden crecer hasta conseguir algo más her­moso. El compromiso en una comunidad no es ante todo una activi­dad, como la de uno que se compromete en un partido político o en un sindicato. Estos tienen necesidad de militantes dispuestos a luchar, que entreguen todo su tiempo y sus energías. Una comunidad es otra cosa. El reconocimiento por parte de sus miembros de una llamada de Dios a vivir, a amarse, a orar, a trabajar juntos, y a responder a los gritos del pobre. Y esto está más en el nivel del ser que del hacer.  El compromiso activo en una comunidad está más o menos precedido por el conocimiento de que se está ya «en casa», de que se forma parte de un mismo cuerpo, de que se ha entrado juntos en una alianza, entre nosotros, con Dios y con los pobres que esperan los frutos de la co­munidad.   Es un poco lo mismo que sucede en el matrimonio: los novios reconocen que algo ha nacido entre ellos y que están hechos el uno para el otro desde antes incluso de comprometerse. Y hasta que no se percatan de esto no toman la decisión activa de comprometerse en el matrimonio y de permanecer fieles.

Así ocurre en la comunidad, todo comienza en este reconoci­miento hecho para la unión. Se revela una mañana al descubrir los lazos ya animados, interviene entonces la decisión activa de comprometerse y prometer fidelidad, decisión que debe ser confir­mada por la comunidad.

Pero atención a no dejar transcurrir mucho tiempo entre el re­conocimiento de estos lazos o de la alianza y la decisión. Esto sería el mejor sistema para errar el tiro y quemar la pólvora en salvas.

Henri Nouwen dice que la verdadera soledad, lejos de opo­nerse a la vida comunitaria, es el lugar por excelencia en que tomamos conciencia de nuestra unión antes de vivir juntos y en el que descubrimos que la comunidad no es creación de la voluntad humana sino respuesta cristiana en la realidad de nuestra unión. Las viejas comunidades saben que a lo largo de los años y en los momentos difíciles, no son ellos los que por la fuerza de su volun­tad detienen los golpes, sino que es Dios el que los ha conservado unidos. No se es una comunidad ni porque se tiene un proyecto común, ni siquiera porque haya unión de amor sino porque se ha sido llamado a esta unión por Dios.